Capítulo 21: Introducción a la Edad Contemporánea


La Contemporánea es la edad de las revoluciones: 150 años de revoluciones imbricadas unas en otras.
—La revolución industrial provoca una revolución sociopolítica —aúpa a la burguesía, ahora preeminente sobre la aristocracia— gracias al dinero.
Pero supone también una revolución urbana, porque las fábricas requieren mano de obra numerosa, y deja los campos despoblados.
—La revolución social burguesa, a su vez, impulsa la necesidad de negociar a todos los niveles en el competitivo mundo comercial. Impulsa una revolución indumentaria: la renuncia masculina a la decoración. El traje de los burgueses flamencos y holandeses (negro por fuera: sobriedad; blanco por dentro: honestidad) se convierte en el traje de todos los varones. El primer y más trascendente uniforme civil de historia de la indumentaria.
(Para profundizar sobre este asunto, lee el capítulo III del libro de Flügel pinchando aquí. Una breve historia del traje formal de caballero la encontrarás en este enlace: pincha aquí)
En consecuencia, restringido su ajuar a unas pocas hechuras, pocos colores y ningún adorno, se alcanza el mayor dimorfismo sexual de toda la historia indumentaria.  
Figurín de La Sílfide, revista de 1848.
100 años no son nada. Ginger Rogers y Fred Astaire.














—La revolución industrial incluye también la revolución editorial; máquinas innovadores abaratan la impresión de textos y grabados y permiten el nacimiento de los medios de comunicación de masas: revistas, periódicos, carteles… La industria de la difusión vestimentaria y la industria de la confección comparten ahora destino. Ambas necesitan que la ropa cambie y que lo haga a un ritmo ágil que justifique tanto la compra de nuevas prendas como de nuevas revistas. Fábricas y revistas necesitan novedades para subsistir.
—La revolución urbana también fomenta el desarrollo de personalidades artísticas singulares. Se inscriben aquí el dandismo, cualquier variedad contracultural indumentaria, el bloomerismo sufragista y feminista, el vestir de las tribus urbanas. En el mundo rural, el cambio formal indumentario carecía de sentido; mucho menos la singularidad, cuando todos se conocen. Solo la ciudad, en especial la metrópoli, explica la variedad de personalidades vestimentarias de  la contemporaneidad, equivalente a la variedad de personalidades artísticas que han dado lugar a las vanguardias.
—La revolución industrial favorece la democratización de la moda. Tejidos más baratos y prendas más económicas que van a permitir, muy poco a poco, que el grueso de la población, de escasos recursos económicos y en consecuencia prácticamente ajena al devenir indumentario, incorpore en su vestir algunos rasgos de la moda. No obstante, la verdadera democratización de la moda no llega a producirse hasta finales del siglo XX cuando inmensas compañías del diseño y la distribución de ropa, sobre todo Gap, Inditex y H&M, desplazan la producción de Europa hacia los países en vías de desarrollo africanos y asiáticos.
—La revolución urbana también produce una revolución en el mundo del espectáculo: primero grandes teatros de ópera y danza, luego grandes teatros cinematográficos. A su vez los medios de comunicación permiten una promoción sin precedentes de los artistas, y se descubre que las celebridades lo venden todo. La moda salta de los escenarios a la calle. Lo que mayor impacto vestimentario causa en el espectador, entonces como ahora, es la asociación de un traje a una estrella. En el siglo XIX había peinados “a lo Fuoco”, es decir, que imitaban a los de Sofía Fuoco, bailarina. En tiempos recientes, Gaultier ha necesitado de Madonna para exteriorizar una serie de artículos del vestido femenino que hasta entonces habíamos considerado exclusivamente lencería.
—La revolución sanitaria se demora hasta entrado el siglo XX. La penicilina y los rayos X de madame Curie comenzarán a salvar vidas. Se superarán el sobreparto y la tuberculosis, el cólera, las epidemias infecciosas. En 150 años se duplica la esperanza de vida de Occidente. En 200 años, se triplicará. Hasta 1945 había niños y mayores; ahora tenemos bebés, niños, adolescentes, adultos jóvenes, maduros, ancianos... Numerosas particiones que han promovido formas de vida diferenciadas y asimismo culturas diferenciadas, cada una con sus aficiones y sus modas. Las empresas producen objetos, en nuestro caso ropas, diseñados específicamente para un grupo de edad concreto... Los contingentes poblacionales también se han multiplicado, la densidad de las ciudades.
—La revolución industrial y urbana ocasionará, andando el tiempo, las revoluciones y guerras de espantosa mortandad que nos han legado la democracia con sufragio universal, es decir, la verdadera democracia, ya que en los primeros tiempos apenas se permitía votar a los varones más ricos. Primero, las revoluciones proletarias: demasiados humildes unidos en las fábricas lograron vencer la resistencia de los abusos empresariales por medios diplomáticos (sindicatos) o brutales (totalitarismo comunista). La revolución sufragista o feminista es muy lenta, pero ha conseguido equiparar en derechos a la mujer. Cada revolución tiene su indumentaria: los comunistas renuncian a la moda para superar el individualismo; las sufragistas asumen el pantalón, los tejidos masculinos, el punto humilde del agro; los progresistas de Occidente incorporan las ropas obreras (camisetas, vaqueros) al vestir cotidiano.