Capítulo 19: Traje en España bajo los Austrias menores 1625-1675

Fuentes     Carmen Bernis, "La moda en los retratos de Velázquez", en AA. VV., El retrato, 2004; José Luis Colomer y Amalia Descalzo (dirs.), Vestir a la española en las cortes europeas (siglos XVI y XVII), 2014; Maribel Bandrés Oto, La moda en la pintura: Velázquez, 2002; Miguel Herrero García, Estudios sobre indumentaria española en tiempos de los Austrias, 2014; Carmen Bernis Madrazo, El traje y los tipos sociales en el Quijote, 2001.

Sobriedad incluso en las fiestas caracterizan al vestir de los madrileños. Mujeres semiocultas bajo mantillas, ropas igualmente oscuras y guardainfante respetado incluso para bailar. Caballeros de negro.
Fiesta de san Juan, Colección Abelló.




Hombres     En 1623, sentado en el trono Felipe IV, la Junta de Reformación resolvió una pragmática suntuaria que (por una vez) todo el mundo obedeció dado que hasta el mismísimo monarca la observaba escrupulosamente para dar ejemplo: (1) las grandes y lujosas calzas fueron remplazadas por calzones, dichos también greguescos o gregüescos, pantalones simples y funcionales provenientes del traje militar con largo hasta la rodilla; y (2) los carísimos cuellos de encaje y lechuguillas fueron depuestos en favor de la golilla. Estos dos elementos, así como el color negro, darán la imagen estereotípica del español en el mundo. 
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Era casi obligatorio vestirse a la española para quien quisiera prosperar en la corte o simplemente comunicarse con el rey. A día de hoy, el único traje a la española que se conserva íntegro es el que se hizo confeccionar en Madrid el embajador de Suecia en España cuando llegó para comunicar a Felipe IV la abdicación de la reina Cristina. Y Luis XIV señaló a su nieto, Felipe V de España, que respetase los usos españoles: “Cuando haya satisfecho a la nación con esta complacencia, será dueño de introducir otras modas. Pero debe hacerlo sin dar ninguna orden y su ejemplo bastará para acostumbrar a sus súbditos a vestirse como él” (Bottineau, Y., El arte cortesano en la España de Felipe V, 1986, p. 326). 
Herreruelo; coleto y calzones a juego, jubón picado, golilla.
Velázquez, Felipe IV, 1632, Londres (National Portrait).

Golilla. Velázquez, Olivares, 1635, Prado.

Rigaud, Felipe V, 1701, Versalles.




















El cuello de golilla se componía de dos piezas: el cuello de algodón o lino fruncido (valona) y el soporte rígido de cartón (golilla), casi una bandeja). Se utilizó por primera vez en Francia a finales del siglo XVI con el nombre de rotonde, pero hacia 1623 los franceses ya la habían abandonado y vestían sus valonas lánguidas sobre los hombros. La golilla era una pieza rígida y muy molesta, que requería envaramiento y mesura al portador cuando movía la cabeza; realmente parecía encajar con la altivez de aquellos españoles conquistadores. Llamó tanto la atención el abandono de la gorguera que un cronista de la época relata que el primer día que el rey se puso la valona sobre la golilla, vestido para ir a misa, toda la corta se concitó para contemplar el fenómeno  En los dos meses siguientes algunos ciudadanos fueron detenidos por continuar usando gorguera, a fin de erradicar esta moda (tomado de Bernis, 2004, pág. 256).
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La moda de la melena o guedejas coincide con el desarrollo francés de la peluca, a partir de 1630 aproximadamente. Hasta avanzados los años cuarenta estaba prohibido llevar guedejas que sobrpasaran las orejas, pero no parece que esta pragmática convenciera a los españoles más elegantes.
Traje del embajador de Suecia, Nis Nilsson, 
llegado a Madrid para anunciar la abdicación 
de su reina Cristina a Felipe IV de España, ha. 1655. 
Confeccionado en Madrid, se conserva
 en el Palacio Skokloster (Suecia). 
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1625-1650     El guardarropa completo del caballero elegante a la española se compone de los siguientes elementos: montera (sombrero de ala) sobre cabellos largos hasta los hombros (melenas), herreruelo (capa corta en el siglo XVI, pero larga en el XVII), ropilla (con o sin mangas), jubón, calzones, medias (a menudo con rosetas en las ligas), zapatos o botas.
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1650-1675     Guardarropa idéntico, pero mangas muy anchas, a menudo completamente rajadas de sisa a punños, calzones más estrechos y melenas tan largas como las pelucas de los franceses. A partir de 1675 el traje a la española, aunque predominante en España, compite en vano contra el  vestido “a la moda”, que era como se decía entonces a  vestirse a la francesa. 
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Sotana, propia de intelectuales y clérigos, vestida por el
escultor Martínez Montañés (Velázquez, 1635, Prado).






"Traje largo"     Gustaba a los intelectuales, hombres de letras y ciencias, el empleo de ropas poco antropomórficas como las sotanas y garnachas, las cuales evidenciaban su lejanía espiritual respecto de los hombres de armas o los cortesanos. Muchos sacerdotes en la actualidad continúan utilizando las sotana, vestido talar cerrado en el centro delantero con una fila de botones. La garnacha retoma una denominación ancestral que hunde sus raíces en el siglo XIII para referirse a los sobretodos o prendas de abrigo.

Garnacha, ropa de médicos (Velázquez, 1635, Prado).






















Mujeres     La aparición del guardainfante generó una imagen realmente nueva de la mujer cortesana española.
Mantilla negra y saya de mangas redondas.
Velázquez, Dasma con abanico, Londres, Wallace.
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1630-1675    Es posible que el guardainfante haya que entenderlo como un cruce entre el verdugado español del siglo XVI (ruedo ovalado, plano por delante) y el verdugado francés o flamenco de volumen cilíndrico; en efecto, el guardainfante adquiere volumen en las caderas como el verdugado francés, pero continúa plano en el frente y la espalda. No se vistió por primera vez en España sino en Francia según podemos observar en algunos retratos de María de Médicis. Hacia 1625 ha desaparecido de Europa. pero en España encuentra un hogar sólido en el aque asentarse y crecer. a
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Pourbous, María de Médicis, 1610, Col. particular.
No  conservamos ninguno, ni siquiera esquemas que nos permitan figurarlo; los textos apenas revelan que se trataba de jaulas o estructuras huecas de mimbre unidas por cintas, y no ya de aros cosidos a enaguas como el viejo verdugado. Huelga decir que fue objeto de numerosas pragmática suntuarias (1636, 1639), pero nadie les hizo caso, mucho menos las mujeres de la corte. Alcanzó su máxima anchura hacia 1665, justo antes de desaparecer y, como se aprecia en las imágenes, obligó a modificar el patrón del corpiño con un inmenso faldón ovalado. También, por simetría, se remodeló el peinado buscando una silueta semejante ("peinado de guardainfante"). Treinta años después de su aparición en la moda española, hacia 1665, el guardainfante se restringió a la corte, e incluso las infantas dejaron de utilizarlo excepto para ocasiones de mucho aparato. 
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El guardainfante no solo se ganó detractores sino también algunos (pocos) defensores. El doctor Arias Gonzalo en su Memorail en defensa de las mujeres de España y de los vestido que usan (1636) escribe: "Si, como dice algun afilosofía, ni el humo,ni la llama, ni el viento no es tan leve como la mujer, menester es echarle contrapeso para que no lo sea... Es mejor que traigan hábito tan embarazoso para que puedan andar menos y correr nada... Vestido que como conviene cubre las piernas y encubre el movimiento dellas, que es lo más decente y honesto" (cit. Bernis, 2004, pág. 287).
Velázquez, Mariana de Austria, 1652, Lázaro Galdiano.
Carreño de Miranda, Doña María de Vera y Gasca, hacia 1670, BBVA.


Enumeramos todos los elementos del guardarropa femenino para chequear la nomenclatura: peinado de guardainfante, corpiño o jubón (corpiño de faldillas cuando tenía una gran haldeta que remataba el gran guardainfante) muy escotado y casi siempre cubierto con valona, sobre una cotilla de ballenas (ya un corsé propiamente dicho y no un cartón de pecho); vasquiña o falda exterior sobre un conjunto de faldas interiores (pollera se llamaba la falda que mediaba entre la vasquiña y el guardainfante; las que se vestían debajo del guardainfante se denominaban enaguas). En el exterior las mujeres vestían chales grandes (mantos) o pequeños (mantillas, mantellinas, rebociños), especialmente para cubrir los cabellos. 

Carreño de Miranda, Marquesa de Santa Cruz, hacia 1660, Col. particular.
Sacristán y tontillo    Después de 1675 el ahuecamiento de la falda correspondió  al sacristán, que era, según la descripción que hace de él la condesa d’Aulnoy en 1679, una recuperación del volumen cupular del verdugado, pero, como en el guardainfante, los aros (de 3 a 6) se conectaban con cintas y no estaban cosidos a una falda interna. Por fin, según unas cuentas del sastre Francisco Robledo, que trabajaba para la reina madre en 1692, las mujeres de la corte disponían también de un verdugado propiamente dicho, esto es, con aros cosidos a la enagua, y lo llama tontillo. Debe ser la infraestructura que visten las mujeres de nuestras últimas imágenes.
De luto por la muerte de su padre, el rey Felipe IV.
Martínez del Mazo, Margarita de Austria, 1665, Prado.

Falda ahuecada con sacristán o tontillo.
José García Hidalgo, La reina de España María Luisa 
de Orleans, ha. 1680 (Prado).