Capítulo 11: El traje en el Islam

He tratado de construir un capítulo sobre la indumentaria árabe medieval y su expansión, impulsada el Islam, desde la Península Arábiga hasta Al Ándalus en occidente e Irán en oriente, es decir, en todos aquellos territorios dominados por dinastías musulmanas. Pero es imposible hacer tal cosa; el arte del Islam fue en aquel tiempo casi por completo anicónico: ni representan a sus ídolos religiosos ni se representan a sí mismos. Apenas nos quedan algunas descripciones y una asombrosa lista de términos vestimentarios. Lástima, porque sabemos que fueron muy grandes en el apartado del tejido: la producción textil de los tiraces andalusíes vestía a los nombres castellanos y aragoneses.
Empero, este capítulo está bien situado aquí junto a los otros que dedico a la edad media, porque la indumentaria islámica tradicional en ningún caso presenta características propias de una indumentaria moderna o contemporánea. Su prendas fundamentales siempre son la túnica cerrada (camisa) o abierta (caftán), amplia y alejada de la configuración anatómica, borrada esta, además, por escultóricos mantos (almalafas, abayas).      
En la Sala de los Reyes (La Alhambra) podemos admirar los ropajes de estos nobles nazaríes en unas pinturas realizadas sobre cuero hacia 1400. No hay nada comparable en ninguna otra región musulmana medieval; ninguna representación humana que nos permita observar su aspecto. Se cree que estas pinturas las realizaron artistas cristianos llegados de Toledo para ejecutarla spor encargo de Pedro I el Cruel, rey cristiano amigo del sultán Muhammad V

 

BIBLIOGRAFÍA. Véase al final del documento. 


Indumentaria y religión islámicas
1. El ejemplo del Profeta. Tampoco el vestido islámico se sustrajo al ejemplo de Mahoma: él afirmó su preferencia por el color blanco, impulsó la jerarquización por medio del atuendo, prohibió los tejidos de seda (salvo para las mujeres), vetó las pieles suntuosas y reforzó el uso del velo entre las mujeres.
Si bien no existe en el Islam una indumentaria clerical, tampoco podemos decir que haya vestimentas musulmanas profanas. “Lo que determina el modo musulmán de vestir es, en primer lugar, la sunah, el ejemplo del Profeta, y en segundo término, la exigencia de que sea apto para los movimientos de las plegarias”; Burckhardt explica de este modo las dos funciones principales del traje “civil”, y añade: “Se sabe que el Profeta nunca desdeñó llevar ropas de diferentes colores y lugares como para demostrar que el Islam se habría de extender por muy distintos ambientes étnicos; empero, prefería el color blanco y rechazaba los materiales ostentosos, a la vez que insistía en que sus compañeros exteriorizaran su rango dentro de la comunidad. El turbante se integró en la indumentaria musulmana quizá porque lo usaban los beduinos árabes; esto es independiente de que el Profeta dijera o no, “el turbante es la corona del Islam”. Por si acaso...” (Burckhardt, 1988, pág. 82.) Este comportamiento ha encontrado su plasmación en el vestuario islámico, al menos en parte. En el Egipto mameluco, por ejemplo, la ley estableció que los mantos habían de ser blancos para los musulmanes, azules para los cristianos, amarillos para los judíos y rojos para los samaritanos (Ar-Raziq, 1973, pág. 237). Sin embargo, los preceptos de sobriedad y en especial el veto a la seda no han sido acatados, al menos por los poderosos (los pobres no cuentan porque no pueden optar por los objetos de lujo): los caftanes del Topkapi Saray, por ejemplo, se cuentan entre las más espléndidas obras elaboradas en seda y oro.
Ibn Yuzayy, experto en derecho del siglo XIV, estableció en su Kitab al-Yami cinco categorías legales para todos los actos humanos. Del vestido nos explica que lo obligatorio es que oculte la desnudez, preserve del calor y el frío y proteja a su portador en la guerra. Se prohíbe envolverse con el propio manto de tal manera que ni una mano pueda sobresalir; se censura el lucirse con vestidos pomposos, vestidos que confundan sobre el sexo de quien los viste y los trajes de seda y oro para los hombres. Califica de aconsejable el vestir con decoro el viernes (día santo en el Islam) y en las fiestas, amén del uso del manto en la oración. Considera reprobables la indumentaria de apariencia no árabe y el cubrirse la nariz durante la plegaria. Por fin, sobre el calzado nos exhorta a comenzar por el pie derecho, al vestirnos, y por el pie izquierdo, al desnudarnos. Por último, recomienda que nadie camine sobre un solo zapato ni se detenga sobre él, que se calcen y se descalcen los dos al mismo tiempo (Véase en Serrano, 1993, pág. 155).
2. El velo facial femenino. Si el traje ostenta la identidad social del sujeto (los signos que nos comunican su papel social, su rango público, su riqueza, etc.), desde luego es el rostro lo que nos proporciona la identidad individual. De ésta no se privan los hombres. El Islam tapa la boca de la mujer; la política argelina Leila Aslaoui también lo ve de esta manera: Sin velo, la mujer deviene realidad, molesta porque se expresa (Varona, 1995).
El velo sexista. El Corán recomienda: “Oh, Profeta, di a tus mujeres, a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se oculten en sus velos; será el medio más seguro para mantenerse respetables” (Corán, 1998, XXXIII – 59). Pero el origen de esta costumbre, cuenta R. Boudjedra, hay que buscarlo en un hadit del Profeta donde éste aconseja a las mujeres cubrirse de cabeza a pies cuando se reza. En los primeros años del Islam, esta exigencia, en efecto, se limitaba a las horas de culto, pero más tarde los exégetas la transformaron en regla absoluta; así lo explica el escritor arglino Rachid Boudjedra: “Los hombres de los siglos posteriores, habiendo olvidado el origen de este uso, lo han aceptado de buen grado para ocultar los encantos de sus mujeres y hermanas (Boudjedra, 1971, pág. 63). Defiende la misma postura que John Carl Flügel, el gran psicólogo del vestido: “Las civilizaciones orientales que han mantenido a sus mujeres en el retiro doméstico, lejos de todos los hombres excepto de sus maridos, han ocultado también, en general muy eficazmente, las formas físicas de las mujeres cuando salen de casa. De hecho, puede decirse que toda la teoría musulmana del vestido de calle de las mujeres representa un intento -a veces desesperadamente total- de impedir el despertar el deseo sexual en los hombres; teoría que, por supuesto, está lógicamente en armonía con un sistema social que acentúa el punto de vista de que todas las mujeres son propiedad de un hombre u otro (Flügel, 1968, pág. 78). Hemos de entender el velo principalmente como un símbolo sexual, un sustituto artificial del himen orgánico; sabemos que las mujeres musulmanas sólo se ocultan a lo largo de su vida sexual activa, es decir, desde el matrimonio hasta la menopausia.
Volando cabello y rostro. Getty Images / Stockphoto
En su libro sobre el Islam medieval, Aly Mazahéri justifica esta costumbre revistiéndola de función social. Al parecer, con anterioridad a Mahoma las mujeres ricas usaban el velo para mantener la frescura del rostro y la blancura. Pero Mahoma quiso extender esta costumbre entre todas las creyentes, consideradas por él igualmente nobles por su fe en Alá (Mazahéry, 1951, pág. 161). ¡Menuda razón! ¿No contaban las mujeres con otros elementos menos restrictivos para significar su rango social, como la seda, los brocados, o elementos más económicos como algún que otro tipo de galón o aplicación decorativa, o simplemente joyas?
En tiempos más recientes la colonización europea, en tanto que colonización cultural de Occidente, ha proporcionado nuevos argumentos a los nacionalistas para defender la costumbre de velar a la mujer. Según M. Bradrán, el colonialismo francés fue tan agresivo en Argelia que durante décadas el velo se vino sosteniendo como signo de choque contra la importación cultural, mientras que en Egipto, la lucha contra el velo ni siquiera figuraba entre las premisas del primer feminismo debido a la colonización “suave” de los británicos (Badran, 1994, pág. 23). Para los tradicionalistas más acérrimos el velo y la indumentaria tradicional constituyen prendas nacionales. En 1952 los estudiantes egipcios demandaron al gobierno el derecho a vestir el atuendo occidental combinado con el fez y se les negó porque estaban traicionando la esencia de su nacionalidad (Raccagni, 1983, pág. 85).
Las normas que en la actualidad rigen el uso del velo difieren según los estados. En Argelia el velo no lo usan las mujeres del campo, las intelectuales y numerosas estudiantes (Boudjedra, 1971, pág. 64). En Egipto, perdió vigor en 1952, cuando dejó de ser imprescindible en la corte (Raccagni, 1983, pág. 186). Por su parte, el grueso de las mujeres beduinas sólo se cubren ante sus familiares masculinos de mayor edad, pero no ante vecinos ni parientes jóvenes, sugiriéndonos que el rostro no se oculta para luchar contra el adulterio sino contra el incesto (Abu-Lughod, 1986: 162).
Desde que las mujeres luchan por su emancipación económica parece que el futuro del velo es el destierro. Sólo entonces dejarán de ser inferiores para el Corán, donde leemos: “Los hombres son superiores a las mujeres a causa de las cualidades por medio de las cuales Dios ha elevado a éstos por encima de aquéllas, y porque los hombres emplean sus bienes en dotar a las mujeres” (Corán, IV – 85). Albarracín nos da una versión similar tomada de la sura 33: “Los hombres son superiores a las mujeres: por eso Dios los prefiere y ellos dan sus bienes a ellas... Aquellas que temáis su desobediencia, regañarlas y prohibirlas compartir el lecho y golpearlas. Pero aquellas que son sumisas no les busquéis querella” (1964, pág. 39).
—El velo apotropaico. Otra función del velo puede ser o haber sido la de protegerse contra los espíritus malignos, una función de la indumentaria que ha sido constatada en todas las civilizaciones “primitivas” o “antiguas”. Un estudio del folklore libio apunta en esta dirección: “quizás al principio tuviera una razón protectora contra la arena, pero luego ha sido más importante su función mágica (Panetta, 1977, pág. 31). Sólo en este caso, el velo se constituye en artículo de vestir tanto para la mujer como para el hombre.
Velo y pudor social. Si una mujer se vela solamente ante sus parientes de mayor edad, nos sugiere que en realidad intenta comunicar modestia o cortesía, igual que antiguamente los caballeros retiraban sus sombreros en presencia de las damas. Cuenta Abu-Lughod que las beduinas sólo se cubren ante sus superiores; nunca ante hombres que han perdido su honor, ni ante aquellos que son más pobres o viles en la pirámide social. Por la misma lógica, una mujer beduina orgullosa de sus virtudes lo demostrará rechazando el velo (Abu-Lughod, 1986, pág. 63). El versículo 54 de la sura Los Conjurados dice: “Vuestras esposas pueden descubrirse ante sus padres, sus hijos, sus sobrinos, sus esposos, sus esclavas” (Cit. Albarracín, 1964, pág. 37). Nos hallamos ante un tipo de pudor social antiguo. El uso del velo se conoce en Oriente desde el segundo milenio antes de Cristo que lo impone a las mujeres libres casadas. Las mujeres romanas de la época republicana también lo observaban religiosamente: en Roma, la diosa principal de las mujeres era Pudicicia, la diosa velada. Sin embargo, estas mismas mujeres no ocultaban su desnudez ante esclavos; ésta era tan inocua como ante los animales. Sus maridos, acreedores del mismo recato, no debían mirar a una matrona desnuda, pero podían contemplar sin rubor a sus esclavas y a las danzarinas, esclavas o extranjeras, de los burdeles y los espectáculos.

TIPOLOGÍAS DINDUMENTARIAS
Homogeneidad. La vestimenta tradicional del Islam continúa  siendo fundamentalmente como creemos que se inauguró: suelta, drapeada, conseguida mediante prendas que desdibujan la configuración de su portador. Tangente al sistema de la moda y relativamente homogénea pese a la vasta expansión del Islam, los estudios locales nos revelan tipologías indumentarias equivalentes en lugares tan apartados como Siria y Marruecos, y también equivalentes en el tiempo, sin modificaciones sustanciales a lo largo de catorce siglos de islamismo. Esta homogeneidad puede deberse en parte a que las sucesivas dinastías islámicas, por su costumbre de fundar nuevas capitales, atraían a los artesanos de la capital abandonada (Wilson, 1991, pág. 10). De este modo las técnicas y los estilos fueron viajando de una zona a otra, porque los artesanos corrían detrás de las cortes recién instauradas. 
Abaya o bisht
(Nota sobre la terminología. En tanto que historiador, para referirme a los artículos de vestir voy a recurrir principalmente a la descripción. Lo verdaderamente complejo es la nomenclatura, por tres motivos: el árabe no comparte nuestras letras latinas; tratamos sobre un territorio inmenso cuajado de lenguas y dialectos, y las transcripciones de los estudiosos, basadas con frecuencia en la fonología de su país de origen, multiplican los términos hasta el infinito. Por ejemplo, sobre la voz “zaragüelles” podemos encontrar las trascripciones sarawil (plural de sirwal), charwal, salvar, seroual y sseroual, dependiendo de la nacionalidad del estudioso y de la zona de que se ocupa. Siendo mi cometido la síntesis y en ningún caso el agotamiento de todas las variantes filológicas y formales de cada objeto indumentario, he decidido circunscribirme tanto como pueda a voces aceptadas por la Real Academia Española.)
Beduinos, 1898, Egipto; él con abaya
Bisht, zob y kufiya
1. El traje beduino y arábigo. Los principales artículos indumentarios islámicos vestidos en el pasado y en el presente en la región originaria del islam son el abaya o bisht y la kufiya. El artículo de vestir distintivo de los hombres de Oriente Próximo, desde los beduinos nómadas hasta los jeques del petrodólar, está formado por apenas tres piezas rectangulares: una para la espalda y dos para los delanteros. Su decoración mediante franjas verticales permite a las poblaciones identificar el origen o el grupo al que pertenece su portador. 
Mujer con abaya de Oveila, una marca
canadiense. Cuesta menos de 50 euros
En la actualidad el pesado abaya de los beduinos es sustituido en las ciudades por el liviano bisht, de hechura equivalente, que los hombres visten sobre una túnica o camisa larga y blanquísima (zob). El pañuelo de cabeza (kufiya), no muy lejano del que vestían los faraones egipcios, se sujeta con una diadema (igaal). La kufiya de la resistencia palestina es el goutra. Las mujeres ocultan sus ropas prêt-a-porter debajo de velos de cabello y rostro (chador) o bajo inmensos burca. Pero las que visten con menos restricciones también lucen el bisht. 
 

2. La indumentaria en los países del Magreb y Egipto. La antigua provincia de África del imperio de los Césares experimentó una profunda romanización. Podemos afirmar sin muchas posibilidades de error que las prendas colgantes del Islam norteafricano tradicional, los jaiques, derivan de modelos grecolatinos.
—La alcandora o camisa es una túnica cerrada con carácter de prenda interior, equivalente a la túnica del mismo nombre empleada por los cristianos. Se contabiliza en todos los siglos y países.
Dibujo de Georges Marçais representando tipos de Túnez hacia 1927: un judío en chaleco y zaragüelles (A),
un rico comerciante luciendo almalafa y complejo alhareme (D); dos caballeros vestidos con albornoces,
uno largo y raído (E) y el otro corto y bordado (F). Una mujer se apresura oculba bajo una almalafa (G).

—El albornoz. Olvidemos un momento nuestros albornoces de felpa: el burnus islámico al que nos referimos consistía en una gran pieza de tejido hendida para ser vestida por la cabeza; se aproxima tanto al patrón del poncho mexicano como al de la casulla litúrgica y se distingue por su capucha. Puede derivar de la paenula romana o haber nacido como un paludamento al que se ha dotado de capucha.
—El jaique o almalafa llama nuestra atención por su espectacularidad. El gigantesco rectángulo de tejido drapeado de innumerables formas, vestido y manto por antonomasia del Islam norteafricano, nos recuerda a los mantos grecolatinos. Por sus dimensiones, parece una toga enriquecida con nuevos procedimientos de drapeado; destacamos cuatro:
1. El jaique enrollado primero como una falda, de la cual después se toma el extremo sobrante para arrollarlo al cuerpo. De manera similar se anudaba también el jaique de los egipcios si hemos de creer la descripción de François Boucher: “Debido a un enrollamiento por un hombro, luego alrededor de la cintura y finalmente por encima del otro hombro, da la impresión de ser un traje compuesto de un faldón corto, de una túnica de mangas ensanchadas y de un manto con vuelo” (Boucher, 1967, pág. 97).
Almalafa, según Besancenot
Almalafa, según Besancenot
2. El jaique cuyo primer paso cosiste en prenderlo sobre los hombros con fíbulas o cintas, es decir, como el peplo de los griegos. Esta segunda versión nos sugiere una combinación del peplo dórico (túnica prendida por los hombros, sin costuras) y del himation o palio también griego, un manto para ser enrollado de forma oblicua. La especialista en trajes grecolatinos Lillian M. Wilson (1938, pág. 167) nos habla de una prenda denominada en muy escasos escritos tunicopallium, de forma desconocida. 

3. El jaique enrollado oblicuamente, cercano a la toga romana, masculino, y llamado a menudo ksa en los países del Magreb (Marçais, 1930, pág. 26) acaso equivalente al que vestía Mahoma de acuerdo con la narración de Al-Yâfi: cruzaba sus hombros como una toga, o lo enrollaba a su cuerpo debajo de la cintura, recogiéndolo en su parte delantera para que no arrastrase” (Pezzi, 1979, pág. 14). 
Ksa, según Besancenot
4. La battaniya norteafricana, casi un buñuelo de tela sin equivalentes conocidos.
Almalafa tipo battaniya, según Besancenot
—La chilaba, término árabe marroquí y sahárico (gillâba) parece la fusión de un caftán con un albornoz. Tomamos la descripción de Albarracín: “Prenda exterior usada por el hombre en Marruecos. En el campo es corta y tejida de lana; en la ciudad, por el contrario, es larga, hasta los pies, y la tela empleada es lana en invierno y tejidos más ligeros en veranos (...) El uso del jaique ha quedado por su causa desterrado prácticamente, porque la chilaba se adapta más a la vida moderna” (1964, pág. 61). A día de hoy la chilaba la visten hombres y mujeres de toda condición.
De frente no se la capucha. Señora con
una chilaba de la marca Biyadina, 2018
Los tirantes. Para recoger la amplitud de las mangas de los sucesivos vestidos (camisa, caftán, almalafa) se elaboraban con pasamanería e incluso joyas una especie de tirantes que rodeaban el arranque del brazo. Últimamente han caído en desuso a causa del estrechamiento de las mangas, aunque todavía se emplean como adornos. En Marruecos se denominan thamel; en singular, tahmil.
El caftán es una túnica abierta por el centro delantero. Con esta estructura se conocen términos medievales usados en Castilla: aljuba, marlota. El Museo del Ejército se Toledo presume de conservar la marlota de Boabdil. De la hechura caftán procede la del gabán, y salta a la vista la similitud de las vocablos. Hoy se denomina caftán al vestido de fiesta femenino, depositario de la fantasía del diseño de moda. Las marroquíes se can con este vestido, al que llaman también tachita.
En los turbantes de los árabes hallamos acaso la prenda de vestir de mayor trascendencia para el mundo no islámico. Alcanzaron gran boga las tocas moriscas en los territorios de los Reyes Católicos, donde recibían nombres como alharemes y almaizares (véase Bernis, 1979, I, págs. 56 a 58), y en la Florencia del Renacimiento se vestían a juego con albornoces.
El bonete o tarbús llamado "fez" (Enciclopaedia Britanica)


El típico bonete de fieltro, un breve cilindro rematado con un rabito o una borla, recibe en Marruecos el nombre de tarbús; el más sólido de estos conos despuntados es el fez, usado por árabes y turcos, original de la ciudad homónima. Los sombreros de ala ancha y puntiagudos que recuerdan a los mexicanos, realizados con esparto, se denominan en Marruecos taraza. Por fin, el tocado más simple es la taqiya de punto o macramé, equivalente al solideo litúrgico y de  la que el musulmán no puede prescindir cuando recita sus preces. 
La taqiya o taqiyya, el tocado más simple
3. La influencia sirio-persa y el traje otomano. La influencia del arte clásico en la zona asiática fue menor que en la africana. Aunque podamos encontrarnos con representaciones de palios y estolas plisados provenientes de Roma, en ningún caso los elementos autóctonos de la civilización parta lograron ser eliminados, a saber, el caftán, túnica abierta de largas mangas perdidas, y el pantalón. La trascendencia de Oriente en el Islam no hizo sino medrar a partir de la Turquía otomana.
Caftán del palacio Topkapy (Estambul) de tipo tabardo (merasim)
Caftán del palacio Topkapy (Estambul) de tipo hilat

Caftán. Esta prenda no fue utilizada por los griegos, que odiaban a los persas y veían en el caftán su carné de identidad, ni hay noticias de que gustara a los romanos, contrarios siempre a cualquier prenda que incorporase mangas, aunque estaban acostumbrados a verla porque la exhibían los gobernadores de las ciudades que el imperio controlaba en Siria. La corte otomana creará un caftán particularmente espléndido después de la conquista de Constantinopla y lo utilizará como regalo de agradecimiento a sus fieles, distinción que el sultán les otorgaba mediante una ceremonia de investidura. Estas ropas de honor eran conocidas como hilats. Del llamado caftán merasim (vestido de ceremonia) colgaban dos mangas muy largas y no practicables que se unían en la espalda; esta prenda se superponía a otro caftán no menos lujoso de mangas hasta el codo. En sus hechura equivalen al tabardo y la garnacha (más tarde, loba) de la corte castellana de los siglos XIII a XV. En el siglo XVI las sayas de mangas perdidas como las que caracterizan a los caftanes otomanos serán dichas “sayas de mangas a lo cosaco”; con ellas fueron retratadas las hijas de Felipe II.  
Aspecto de príncipe otomano según Vecellio.
Tabardo o merasim superior con mangas perdidas v
estido sobre un caftán o una marlota de manga corta (hilat).
Zaragüelles. Los registros más antiguos del pantalón corresponden a griegos y romanos, quienes lo conocían por los persas y los extranjeros del norte. Es probable que los pantalones anchos ganaran terreno en la Península Arábiga y después en el Norte de África con el ascenso del Imperio otomano (Ross, 1981, pág. 52). La noticia más antigua conocida remite al encierro de la sultana Shadjar ad-Durr en una fosa apenas vestida con sus zaragüelles y una camisa en el año 1255.

Chalecos. Sospechamos su origen asiático porque la voz chaleco procede de la palabra francesa gilet, y ésta del turco ielék. Pero sobre todo porque vestiduras similares se conocen en todas las tribus nómadas antiguas de Asia, desde Mongolia hasta Anatolia.

Caftán del palacio Topkapy (Estambul) de tipo hilat.

 

4. Complementos.
Calzados. Lo común en la civilizaciones antiguas era ir descalzo, e incluso se solía transportar los zapatos en la mano para resguardarlos del barro y la arena de los caminos. Con el abaratamiento del calzado en tiempos muy recientes, la historiografía del Islam registra las mismas tipologías de calzados que usamos los occidentales: sandalias, mocasines, botas.
El popular calzado de punta retorcida y a menudo sin talón (babuchas) se conoce en Persia desde muy antiguo; aparecen representadas, por ejemplo, vistiendo a los Reyes Magos en los mosaicos bizantinos de San Apolinar Nuevo (Rávena). El término “babucha”, según la Academia (1984), procede del árabe babuy o babus, y éste del persa papus, “lo que cubre el pie”. 
Maquillaje.  El producto cosmético árabe más difundido es el kohol (antimonio) para ribetear los ojos. Las manos se maquillan con henna en las ocasiones de gala como las bodas, tanto en el norte de África como en Siria (Zernickel, 1992, pág. 159).
Manos decoradas con henna. Wikipedia
Las joyas. Los motivos cincelados sobre las joyas acostumbran a ser geométricos, arabescos, y en menor medida aparecen joyas zoomórficas, quiromórficas (“mano de Fátima”), etc. Los estilos son muy parecidos en todo el Islam, ya sea africano o asiático. Una novia musulmana recuerda un escaparate: diademas, arracadas, dijes, petos, brazaletes, tobilleras. Todavía en regiones donde los hábitos sexistas permanecen arraigados las joyas desempeñan tres funciones: 
(1) Configurar la dote: “el pago de la dote hace lícitas las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer” (Gargouri-Sethoni, 1886, pág. 76). La virginidad cotiza y se paga en oro, por tanto la dote que cobra una viuda o una divorciada siempre es menor que la reservada a una doncella. (
Novia en Marruecos (nationalclothing.org)
2) La dote está contemplada en el derecho musulmán como una riqueza de la mujer para sobrevivir cuando deja de estar bajo la tutela de un padre o de un marido. 
(3) Las joyas y los objetos de dote (atuendos de novia, fundamentalmente, bordados con oro) funcionan para la mujer como un bien monetario: guardan las joyas en un banco y las emplean para comprar la casa, pagar los estudios de un hijo o costear un hospital. Se trata de un capital reutilizable en todo momento, incluso como acciones. Se compran en un momento de depresión y se venden cuando están en alza, al final del verano, temporada de bodas (Ídem, pág. 78).
Particularmente originales nos resultan las joyas-monedas, características de casi todas las regiones del Islam y que el Imperio otomano introdujo en numerosas regiones europeas (Ídem, pág. 77).


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